Fragmento de “Barcelona. Libro de los pasajes” (Galaxia Gutenberg, 2017). Por Jorge Carrión.

Como Barcelona y como los huracanes hasta 1979 (cuando se decidió dar fin a la infame tradición de los climatólogos que cumplían sus venganzas poniendo a aquellas tormentas devastadoras los nombres de sus exmujeres o de sus suegras), todas Las ciudades invisibles de Italo Calvino tienen nombres de mujer. El libro nació lentamente, como fragmentos, como poemas, como ensayos mínimos o cuentos, que el escritor iba archivando en una carpeta que estaba junto a tantas otras, cada una por un proyecto simultáneo, que yo imagino como las carreras de camellos de la feria, avanzando a ritmos distintos, según vas metiendo las bolas en los agujeros de colores, a trompicones, imposible saber quién va a ganar.

 Hoy llamaríamos etiquetas a los conceptos que articulan esas series de textos: la memoria, el deseo, los signos, los intercambios, los ojos, el cielo, el nombre, los muertos; las ciudades sutiles, continuas, escondidas. El índice de Las ciudades invisibles recuerda al de un tratado científico. El objetivo es diseccionar, al mismo tiempo, las urbes de nuestra imaginación y las reales, esa ciudad que soñamos con canales en lugar de calles y la Venecia verificable en la realidad y los mapas: “En Esmeraldina, ciudad acuática, una retícula de canales y una retícula de calles se superponen y se entrecruzan”, de modo que sus ciudadanos pueden escoger siempre si se trasladan a pie o en barca y no conocen el tedio, pues pueden cambiar infinitamente el orden y el desorden de sus recorridos. Pero “la red de pasajes no se organiza en un solo plano, sino que sigue un subir y bajar de escalerillas, galerías, puentes convexos, calles suspendidas”, la ciudad es tridimensional y sus habitantes cambian continuamente de nivel en sus idas y venidas. Por eso: “Un mapa de Esmeraldina debería comprender, indicados con tintas de diferentes colores, todos estos trazados, sólidos y líquidos, patentes y ocultos”.

Como Constant en su gran proyecto transartístico y vital, la Nueva Babilonia, Calvino también piensa que las ciudades son redes. Redes de vínculos y de proporciones. Proporciones entre su topografía presente y la dimensión brutal y paralela de su pasado y la dimensión brutal y también paralela de todo su potencial deseo, de todas sus proyecciones, de todos sus posibles futuros. El escritor nos habla en su libro de Ersilia, que está habitada por personas que tienden hilos entre los ángulos exteriores de sus casas, para establecer así sus relaciones sociales; y cuando son tantos los hilos que la ciudad ya no puede ser vivida, porque se han convertido en obstáculos, en murallas, sus ciudadanos desmontan sus casas y dejan las marañas y se van a otra parte con sus vidas y con Ersilia, de modo que cuando viajas por su territorio encuentras las ruinas de las versiones anteriores de la ciudad, sin muros ni cementerios: “telarañas de relaciones intrincadas que buscan una forma”.

La fantasía, en Las ciudades invisibles, es el camino para pensar el arquetipo. La suma de todas las ciudades de Calvino daría la Ciudad Total, que es una ciudad mítica y profunda, exclusivamente mental. “Se confirma la hipótesis”, leemos, “de que cada hombre lleva en su mente una ciudad hecha sólo de diferencias, una ciudad sin figuras y sin forma, y las ciudades particulares la rellenan”. Pero, al mismo tiempo, esa colección de ensayos, poemas y cuentos es una reflexión sistemática sobre la crisis urbana de los años 60, que persiste e insiste, que llega hasta nosotros. Una crisis derivada del predominio de una visión económica, utilitaria, comercial de la metrópolis, en detrimento de la visión urbana como una red de esperanza, vida cotidiana, conversación y querer.

En una conferencia pronunciada en la universidad de Columbia en 1983, el escritor italiano habló precisamente de este libro y dijo: “¿Qué es hoy la ciudad para nosotros? Creo haber escrito algo parecido al último poema de amor a las ciudades, cuando es cada vez más difícil vivirlas como ciudades”.

Ni el gran Calvino –hombre del siglo XX y por tanto bien afeitado– pudo escapar de la hipoteca Baudelaire.

 “Podemos leer la ciudad como una obra de consulta”, leemos en “Ermitaño en París” de Calvino: “Y al mismo tiempo podemos leer la ciudad como inconsciente colectivo: el inconsciente colectivo es un gran catálogo, un gran bestiario”.

Fue allí donde imaginó sus ciudades invisibles, en un momento de su vida, principios de los años 70, en que ya era un pasajero frecuente de las aerolíneas, en que –habitante de Cosmópolis– se movía entre Italia y Francia, entre Europa y el resto del mundo, con aparente normalidad.

En el centro de París, al fin y al cabo extranjero, el autor de Si una noche de invierno un viajero tenía su propia isla de lectura y escritura. Todas las mañanas iba en metro a St. Germain-des-Près para comprar la prensa italiana y volvía a casa también subterráneamente, sin voluntad de flanear, amante del anonimato y de esa desconexión que se da durante los trayectos en avión o en metro, ese paréntesis entre dos puntos espaciales. Escritor maduro, persona madura que se identificaba con san Jerónimo en esos cuadros en que el libro está en primer plano y la ciudad, desdibujada, al fondo, su vida parisina ya no sufría la ansiedad de la experiencia, sino que se refugiaba en el confort de la biblioteca.

Y es en la memoria de las lecturas, en el repertorio que brinda el archivo, en la lógica que se autoimpone quien en realidad teme a los fantasmas de la sinrazón, donde Calvino encontró el material de Las ciudades invisibles.

En una entrevista con Daniele del Giudice de 1978, aludía a su gran contradicción vital: la imposible conciliación entre el mundo fantástico de su mente y la arquitectura exacta de su sintaxis, de su prosa, de sus libros. “Cada vez que intento escribir un libro debo justificarlo con un proyecto, un programa cuyas limitaciones veo enseguida”, confesó. De modo que rápidamente surgía otro proyecto y otro y uno más, y se paralizaban mutuamente, en su absurda carrera de camellos de atracción de feria, paralelos, avanzando a trompicones. Entonces el entrevistador le pregunta: “¿Y si entre las víctimas de la época se encontrase precisamente el concepto de proyecto? ¿Si no hubiera transición entre un proyecto viejo a uno nuevo, sino muerte de una categoría?”. Y Calvino responde que su hipótesis es plausible, pero que lo bueno de escribir es la felicidad del propio hacer, del estarse haciendo, tan sólo equiparable a la lectura como lo que se va leyendo.

Calvino dice en la misma entrevista que para él “la ciudad sigue siendo Italia”, mientras que ese París en que vivió durante más de quince años, “es más el símbolo de «otro lugar» que «un otro lugar»”. Duda incluso de si vivió realmente en París, porque nunca supo elaborar un discurso sobre esa relación.

El padre de Calvino era agrónomo y su madre, botánica: de ellos heredó una mirada analítica, el gusto por la lista y la geometría y la combinatoria, estrategias para domesticar la imaginación. Tras su muerte fue encontrada una carpeta con el título Páginas autobiográficas, una serie de textos ordenados cronológicamente, artículos, ensayos, entrevistas, con pequeños prólogos que evidenciaban que el original había sido preparado para su futura publicación. El primero de esos textos se llama “Forastero en Turín”; el segundo, “El escritor y la ciudad”; y uno de los últimos, “Ermitaño en París”. Pero en las últimas entrevistas del libro habla sobre todo de Nueva York: “la ciudad que he sentido como mi ciudad más que cualquier otra”, quizá porque “es una ciudad geométrica, cristalina, sin pasado, sin profundidad, aparentemente sin secretos”.

Por eso no le da miedo.

Por eso intuye que sería capaz de pensarla entera, de apoderarse de cada uno de sus matices y rincones con la mente.

Ni rastro de ninguna carpeta titulada “París”.

“Al contemplar estos paisajes esenciales, Kublai reflexionaba sobre el orden invisible que rige las ciudades, en las reglas a que responde su manera de surgir y cobrar forma y prosperar y adaptarse a las estaciones y marchitarse y caer en ruinas”, leemos en Las ciudades invisibles: “A veces le parecía que estaba a punto de descubrir un sistema coherente y armonioso por debajo de las infinitas deformidades y desarmonías, pero ningún modelo resistía la comparación con el ajedrez. Quizá, en vez de afanarse por evocar con el pobre auxilio de las piezas de marfil visiones de todos modos destinadas al olvido, bastaba jugar una partida según las reglas, y contemplar cada estado sucesivo del tablero como una de las innumerables formas que el sistema de las formas compone y destruye”.

Nota sobre el autor:

Jorge Carrión es doctor en humanidades por la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona y director de su Máster en Creación Literaria. Ha vivido en Buenos Aires, Rosario y Chicago. Publica regularmente en diversos medios, entre ellos el New york TimesEl País, La Vanguardia y Letras Libres. Es autor de la tetralogía de ficción “Las huellas” (conformada por Los muertos, Los huérfanos, Los turistas y Los difuntos) y de varios libros de no ficción, entre los que destacan Australia. Un viaje, Teleshakespeare y Librerías. Ha sido traducido al italiano, el alemán, el francés, el polaco, el inglés y el chino. El fragmento que compone esta entrada pertenece a su último libro, Barcelona. Libro de los pasajes, que publicará Galaxia Gutenberg en Marzo de 2017.

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